diciembre 03, 2006

El ilusionista, Norton y el romanticismo



Hemos dado en creer, con los pasos de unos siglos a otros, que el Romanticismo decimonónico tuvo que ver principalmente con el romance, a saber: encuentro amoroso preferentemente desdichado y de final trágico. El amor y sus desdichas estaban descartados: los románticos del XIX se asignan el étimo del romance inglés o del román francés (novela extensa de aventuras para nosotros) queriendo significarse así como individuos capaces de ver lo imaginable, de palpar lo intangible, conscientes de que no todo lo que nos rodea es realidad. Por algo –no es casual- el cine aparece como epígono de éstos, a finales de esa centuria, abatiendo de miedo a todos cuantos en aquella sala presenciaron la llegada del tren.

La película de Neil Burger es romántica; Eisenheim es un romántico: cuando cubre a Sophie con la capa roja y la enfrenta al espejo sabe que su vida comienza ahí, en la humildad de aceptar que el azogue y sus figuras son otra posibilidad a la que Leopoldo le ofrece, en el poder humano de saberlo.

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