mayo 16, 2006

Cuando todos fumábamos


En la primavera de 1984 la muerte de Julio Cortázar hizo que durante semanas la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz se convirtiera en el lado de acá y el lado de allá. Aquella fiesta de luto fue recordada veinte años después, en la primavera de 2004, por un congreso (Veinte años sin Cortázar) y una exposición de viejas fotografías que Nieves Vázquez, la coordinadora del Congreso, tituló Cuando todos fumábamos. Este es el texto que comentaba aquella exposición. Está dedicado a todos los que en él se mencionan, a todos los que allí estaban y a todos los que fumaban. Besos para todos.

* * * * * * * *

Recibí las fotos que componen esta exposición hace tres semanas, por correo electrónico. Me las mandó Nieves Vázquez, con la petición de que hoy hablara -con lo que me puede quedar en la memoria de la alumna que fui en el 84- de aquella fiesta. Desde hace tres semanas (no sé por qué) no hago más que superar tentaciones.

Primero, superé la tentación de abrir los archivos inmediatamente y, antes que nada, escribí a Nieves un e-mail donde le decía que, a la vista de las fotos, iba a llorar larga y tendidamente. Me respondió de inmediato que adelante, pero que me aconsejaba seguir las “instrucciones para llorar” detalladas por Cortázar en Cronopios y famas, cuyo texto me adjuntaba.

A la vista de las “instrucciones para llorar” superé la tentación de llorar, puesto que no me creo capaz de seguir la disciplina científica desarrollada por Julio y un llanto que no sea de cronopio es simplemente una ridiculez.

Al leer las “instrucciones para llorar” me dieron unas enormes ganas de releer a Cortázar y rebusqué en las estanterías hasta apilar todos sus libros pero, a la vista de las fotos del 84, renuncié también a esa tentación, porque creo que mi deber, hoy, es contarles lo que pasó y no lo que yo ahora entiendo que pasó.

Pasé, por tanto, las fotos una y otra vez por la pantalla del ordenador y tuve la tentación de redactar una memoria elegíaca de lo jóvenes que éramos, de cuánto queríamos a Julio, de qué generación la nuestra tan ilusionada y tan original y tan culta y tan patatín patatán. Así que superé esa tentación, con el propósito honrado de contarles cómo éramos de verdad.

A medida que iba viendo las fotos, me rendí varias veces a la tentación del zoom y, creyéndome personaje cortazariano de Las babas del diablo, pasé algún tiempo acercando hasta el extremo las imágenes para intentar reconocer quién era quién, con quién hablaba cada quien, quién reía, quién fumaba, quiénes se estaban enamorando, quiénes discutiendo... con la intención, en definitiva, de ofrecerles un catálogo exhaustivo de quiénes estuvieron allí. Renuncié a tal propósito (y superé, por consiguiente, una nueva tentación) por varias razones:

a) Toda foto es un segmento –espacial y temporal- de una realidad mucho más amplia. Suelen quedar, por tanto, fuera de los márgenes de la fotografía muchos de los detalles que la explican, y sobre todo quedan fuera de la fotografía el sonido, el olor, el color del día y el tacto de la mano de la novia del fotógrafo, todo lo cual hace ininteligible ciertas imágenes.
b) La propia vida es, también, un segmento espacial y temporal, a veces incluso menos nítido que una fotografía. La conclusión es que sólo soy capaz de reconocer en las fotos a apenas un diez por ciento de los que están, y les puedo asegurar que eran todos los que estaban. Así que ¿quién soy yo para relegar a nadie al olvido?

La última tentación que superé fue la de no venir hoy aquí. Convendrán conmigo en que esto es un ejercicio de memoria nada saludable; muy literario, si quieren, pero nada saludable. Cuanto mejor memoria tenemos más conscientes podemos ser de cuánto hemos olvidado, y recordar el olvido puede acarrear ansiedad y alguna taquicardia, síntomas de cronopios melancólicos a los que difícilmente una puede dejar de rendirse.

Intentaré, pues, superar ahora, de nuevo, la tentación de llorar larga y tendidamente y les contaré cómo son mis propias fotos, las imágenes que recuerdo de aquel 84. Algo desvelarán sobre lo que queda fuera de los márgenes de estas fotografías que ahora ven, y quizás sirvan de propuesta para que todos los que allí fuimos vayamos completando la galería de imágenes.

En el 84 se estrenó como Rector de la Universidad de Cádiz Mariano Peñalver. Venía de Francia y a las clases de filosofía que impartía en el aula destartalada y fría de la antigua facultad acudían decenas de alumnos de otras carreras y de otras facultades. En ellas, discutíamos calurosamente sobre cuestiones tan poco rentables como las estructuras antropológicas de lo imaginario. Ya saben: Levi-Strauss.

El Decano de la Facultad de Filosofía y Letras era José María Luzón, arqueólogo. A todos nos fascinó su teoría disparatada sobre el caballo de Troya y, durante un tiempo, creímos vivir sobre los fantasmas venerables de Tartessos. Luzón no sólo consintió con entusiasmo que durante dos semanas no asistiéramos a clase y nos dedicáramos a preparar la fiesta de homenaje a Cortázar, sino que, mientras pintábamos los pasillos, levantábamos la Torre Eiffel y preparábamos los solemnes eventos, él paseaba por el centro arengándonos sobre que eso que hacíamos era la verdadera universidad. Y que adelante.

En aquel momento, la facultad era un edificio desvencijado y en amenaza constante de ruina. Algunas mañanas, cuando los militares realizaban prácticas de tiro en el Castillo de San Sebastián, la casa temblaba, y en algún aula aparecía una grieta que amenazaba con dejarnos al cielo raso, todo lo cual solíamos contemplar con cierta indolencia y con muchas ganas de que pasara algo verdaderamente irremediable para no tener la fiesta en paz.

Con la excusa de que allí no había quien viviera, y con las primeras conversaciones entre los alcaldes de la Bahía y la Universidad para que Filosofía tuviera un centro en condiciones, un grupo de alumnos de filología e historia, dirigidos por el Decano, nos echamos a la calle en carnaval con una chirigota que reclamaba un nuevo edificio. Uno de los cuplés decía así:

Filosofía está llena de grietas,
el techo, las paredes, y no como se dice:
que hay muchas rajas, pero no es peligroso
porque ello se debe a que hay muchas gachises.
Algunos dicen que un edificio viejo
es lo más apropiao y es lo que más farda,
pero es que el nuestro está desbaratao
y más bien se parece al coño la Bernarda.
Si no nos dan otro que sea seguro,
que esté un poco más limpio y menos asqueroso,
lo mando tó a tomar por el culo
y me voy a marchar donde diga Barroso.

Las clases de literatura medieval de Chispa, que entonces fumaba –créanme- bisontes sin boquilla, eran otro buen caldo de cultivo para el espíritu reinante. Allí leímos el manifiesto de la nueva poesía postista en la que reclamábamos la estética literaria de las toreritas de Adela Cantalapiedra, a la sazón reliquia franquista de las presentadoras del telediario; allí también sostuvimos un larguísimo debate sobre la existencia real o no del Cid Campeador, en el que Jesús Muriel defendió con pruebas fehacientes que el tal héroe había sido un invento de la posguerra; y allí, en fin, se nos permitió demostrar con abundante bibliografía ficticia que las Coplas a la muerte de su padre no las había compuesto Jorge Manrique, sino otro pobre hombre al que la intransigente sociedad estamentaria había relegado al olvido, dejando así, también, al padre fuera de juego.

Filosofía entró en el Falla por la puerta grande, de la mano de Yusuf y de sus colegas, que inventaron el cuarteto de tres y demostraron que la filología sirve para algo.

En este contexto, quizá pueda explicarse que cuando la noticia de la muerte de Cortázar se extendió por la Facultad la primera y única reacción que hubo fuera: hagamos una fiesta, es lo que le hubiera gustado a Julio. Y supongo que también se explica que en ningún momento, bajo ningún concepto y en ninguna condición, nadie, absolutamente nadie (menos los de siempre, claro) pensara que tenía otras obligaciones que no fueran las de preparar esmeradamente la tal fiesta.

Así las cosas, recuerdo que llegaron cincuenta mil pesetas del Rectorado, las cuales sirvieron para sufragar todos los gastos de infraestructura del acontecimiento. Metros y metros de papel, madera, pintura, luces, escenarios, atrezzo y demás se pagaron con aquellos diez mil duros, a los que no recuerdo que nadie hurtara una sola peseta para pagar el hachís que tanta falta nos hacía para mantener aquel ritmo de trabajo.

De aquellas dos semanas, y del día de la fiesta, tengo, como les decía, unas cuantas fotos guardadas en la memoria. Son imágenes que podrían colorear la rayuela de Julio, porque nos llevaron de la tierra al cielo y porque forman un juego que tuvo sus propias reglas y su propio tiempo, que nos perteneció y nos pertenece, y que a muchos (quisiera creerlo así) nos ha dejado la habilidad momentánea de tirar la china, al azar, y enfrentarnos a la casilla que toque.

Algunas fotos, por tanto:

Rosa Merino, con su voz atiplada e insolente, entraba cada mañana en clase de literatura hispanoamericana y hacía una pregunta que nunca nadie le contestó: “¿Cuándo vamos a comentar los poemas eróticos de César Vallejo?

Alberto Ramos tenía pegada con una chincheta en la pared del despacho una fotocopia del capítulo 68 de Rayuela, ése que comienza diciendo “Apenas él le amalaba el noema...”

Pedro Laria lideraba el movimiento asambleario de los alumnos para que éstos tuvieran una representación del noventa por ciento en el claustro universitario, cosa que nos parecía estrictamente razonable.

En el Patio de los Naranjos, cada dos por tres, y con cualquier pretexto, Marieta Cantos, acompañada por la guitarra de Eduardo, cantaba Alfonsina y el mar.
Susana tenía un novio filósofo del que presumía feliz, pública y constantemente, no por sus conocimientos de Shopenhauer, sino por sus habilidades amorosas. Por su parte, Susana sabía bailar el tango.

Anate presumía de lo mismo, y nos convenció a unas cuantas de que no era una vergüenza llevar preservativos en el bolso.

Rafa Ramírez Escoto y José Manuel Benítez Ariza empezaban a ser poetas y sobre la tarima, entre clases y clase, nos martilleaban con sus rimas.

Ricardo, ajeno a cualquier cosa que no fuera construir la Torre Eiffel, se acercaba cada día más al cielo.

Juan Sáez nos deslumbraba cada mañana con su belleza. Y entonces, la belleza no estaba de moda.

Muchos andaban enamorados de Asun, la bibliotecaria.

En la Biblioteca, por cierto, estaba prohibido hablar, pero era el lugar más acogedor y calentito para las tertulias, el bocadillo y lo que encartara.

Luis Charlo arruinaba las ilusiones de los novatos de primero de filología dando clases en latín (“hoc librum est in Plaza Mina”) y poniendo verdaderamente difícil lo de tomar apuntes.

Muchos andaban enamorados de Encarna, profesora de latín.

En el bar había dos mesas, blancas y fuertes. Las pusimos a prueba varias veces usándolas como tarima improvisada.

Ramón y Lumi se querían.

Flora pintó la rayuela.

El Bombilla hizo de alcalde de París.

Carmen Valle, tesinanda de Cortázar, dio una conferencia.

Eladio también dio una conferencia, ésta sobre la copla de Dña. Concha Piquer.

Del lado de allá quedó el mate, los tangos de Susana y el Monolito de Buenos Aires.

Del lado de acá, el Arco del Triunfo, el Molin Rouge y el Restaurante Maxim´s, por un día de Manolo y Pepi.

Y última foto: todos, absolutamente todos (menos los de siempre, claro) fumábamos.

9 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Yo, por el contrario, no he podido resistir la tentación: he llorado. Aquél fue mi primer año en la facultad, y bailé mi primer tango en la zona argentina. Como buena y prudente pipiola, no me puse en ninguna foto, pero guardo todas las imágenes en el rincón más luminoso de la memoria. Gracias por recordármelas.
Besos
Pepa Parra

17/5/06 11:31 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Por mi parte, no puedo superar la tentación de teneros envidia, mi corta edad en esa epóca (sólo 5 añitos)hizo que me perdiera una generación valiente llena de inquietudes.De haber nacido en la generación, que cada vez más me doy cuenta me corresponde por espíritu,estaría compartiendo con vosotros/as la añoranza de esos momentos. Pero el destino me ha dado la oportunidad de vivirlos a través de vuestros ojos y recuerdos, muchas gracias por permitirme compartir vuestras vivencias,
carmen ("la armario")
"Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido"
Oscar Wilde

17/5/06 12:34 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Wow....

Nice photo....

17/5/06 12:37 p. m.  
Blogger Unknown said...

Hay una licencia literaria: no recuerdo haber leído un solo poema mío en la facultad; entre otras cosas, porque aún no había escrito ninguno.

17/5/06 5:34 p. m.  
Blogger María Jesús Ruiz said...

En éste, como en otros cuantos asuntos, Benítez Ariza y yo jamás nos pondremos de acuerdo. Puedo jurar sobre las Obras Completas de Menéndez Pidal que leyó sobre la tarima del aula del fondo del pasillo de la planta baja un poema titulado algo así como "Monólogo de mujer sentada en un sillón estilo imperio". Con él acababa de ganar un premio de poesía convocado -creo- por el Ayuntamiento de Cádiz. Ahora, crean a quien les parezca.

17/5/06 9:09 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

No sé si es una leyenda, porque yo personalmente no lo ví, pero sí recuerdo que esos días me contaron mis compañeros de piso, con todo tipo de detalles, cómo una cierta muchedumbre "obligó" a leer ese famoso poema del sillón estilo imperio a Benítez Ariza, sentado a su vez en el sillón del profesor. Y cómo, siguiendo el ruin cachondeo que sin duda les animaba, lo sacaron en procesión por el pasillo, mientras protestaba. Otras fuentes me confirmaron una versión parecida, siempre terminada con el paseo del trono sin palio. Sin haberlo visto siempre he creído que debía ser verdad. No vaya a estropeármelo ahora, señor Benítez.

18/5/06 12:22 a. m.  
Blogger Unknown said...

No creo, señor Ruiz, que sus compañeros de piso de entonces frecuentasen mucho las aulas de Filosofía y Letras.

Precisemos las cosas: gané ese premio con un poema horrible titulado "Mujer sentada en un sillón estilo imperio", única incursión mía hasta entonces en la poesía (por entonces, yo sólo escribía cuentos); hube de leerlo, pese a mi timidez, en la entrega del premio (en el patio de Medicina), y luego ante un micrófono que me puso por delante un locutor de radio que, sin duda, ese día no tenía nada mejor que llevar a la emisora. Puede que lo leyera en clase al día siguiente (posiblemente, en la de Luis Charlo, que no dejaba de leer Diario de Cádiz ni un solo día y estaba al tanto de todas las noticias locales: hasta tal punto que, al día siguiente de que un atracador callejero me robase el reloj, Charlo lo comentó en clase, por haberlo leído en "Sucesos locales"). Y digo "puede", sin asegurarlo, porque no creo que asistiese a clase con una copia del poema en el bolsillo (no, señor Ruiz, no soy de ésos). No hubo baño de masas, ni en serio ni en broma. A lo sumo, esa compunción general (y sí, cierta rechifla, aunque disimulada) con que suelen recibirse las noticias de que en la clase hay un tipo con pretensiones literarias. Eso, qué duda cabe, es siempre una mala noticia. Por cierto, no era yo el único poeta "in pectore" de la facultad, ni siquiera de la clase.

No he vuelto a leer ese poema, ni en público ni en privado. Ni siquiera creo conservar copia de él.

En aquella época, estará usted de acuerdo conmigo, la atención la acaparaban otros. Y por motivos que hoy resultan más risibles incluso que mi pobre poema.

18/5/06 7:24 p. m.  
Blogger María Jesús Ruiz said...

Tanto Ruiz Torres como Benitez Ariza mienten. Al fin y al cabo, son escritores. Entiéndanlo.

18/5/06 7:51 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Me ha gustado leer esos devaneos de recuerdos de tu memoria, aunque no estudié letras si pisé años antes aquel edificio y me ha hecho gracia ver citado a algun@s que conozco. Un besote.

18/4/07 12:59 a. m.  

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