abril 25, 2006

José Manuel Benítez Ariza, el nombre exacto de las cosas


Presentación de José Manuel Benítez Ariza en el ciclo Pliegos de agramante
(Jerez, Fundación Caballero Bonald, 19 de febrero de 2004)

He leído en algún sitio una frase oportuna: lo humano no es la duda, sino la contradicción. Aparte de su discutible certeza, aparte de su incluso rancio sabor a adagio tradicional, me viene muy requetebién para arrancar en una labor que me asusta: presentar a José Manuel Benítez Ariza. Como sé bien que lo verdaderamente humano es el miedo, no tengo reparos en decirles que esta situación me asusta por varias y concretas razones: por ser quien es quien presento, por ser poeta, por ser mi amigo y – a lo mejor, quizás, sobre todo- porque lo hago delante de poetas que van a juzgar cómo juzgo yo a un poeta. Como sé también que lo verdaderamente humano es el amor (y el arte, de paso) acabo postergando todos esos temores y me dejo seducir por la oportunidad de presentar a José Manuel Benítez Ariza al hilo de sus contradicciones que, para mí al menos, son las que lo hacen poeta, o en todo caso son las culpables de que yo, al fin y al cabo, lo quiera.

El obligado memorandum se impone. José Manuel Benítez Ariza nació en Cádiz en 1963. Eso significa, por ejemplo, que tiene memoria cierta de la primera huella del hombre en la luna y que la luna sigue siendo para él una indescifrable naranja arrugada que brilla en la ventana. Eso significa que cuando tuvo veinte años fue ateo y frecuentó dos templos: los pubs y los cine-clubes, quién sabe si a la búsqueda de lo mismo. Significa también que no conociera el paro laboral y que, por tanto, El apartamento le parezca una película de amor. Y significa, en fin, que –como todos los que nos mecemos en la cuarentena- suele dejarse llevar por la melancolía y por un claro desafecto hacia las generaciones colindantes, tachando de cobardes sexuales a los del sesenta y ocho y de toscos y ágrafos a los nacidos después del setenta y cinco.

Aparte de estos errores sentimentales, de los que sólo la edad ha sido responsable, la creación literaria de José Manuel resulta desbordante. Y he aquí la primera gran contradicción. En un pequeño poemario publicado precisamente en Jerez en 1988, leo “la verdad sea dicha, escribo poco y despacio. Paso largas temporadas sin escribir y, en los períodos en que digo que estoy haciéndolo, puedo llegar a redactar, como máximo diez o doce poemas, de los que acabaré desechando la mitad”. En 1988 yo conocía muy poco a José Manuel. Acaso era, en aquella promoción de filología que compartimos, El Poeta, hombre silencioso al que unos cuantos progres (pero, sobre todo, gamberros) pedíamos que leyera sus creaciones sobre la tarima, entre clase y clase. En muchos años no pude comprender por qué nos obedecía. Luego entendí que no nos obedecía, ni mucho menos, sino que nosotros éramos los oidores obedientes de su coquetería literaria y de su vanidad. Y no otra cosa son esas palabras del 88, que con su disfraz de atonía creativa dan el preámbulo a unos años donde –estén al quite- este hombre de poca letra ha llegado a publicar: cinco libros de poemas (Las amigas, Cuento de invierno, Malos pensamientos, Los extraños y Cuaderno de Zahara), dos novelas (La raya de tiza y Las islas pensativas), dos libros de relatos (La sonrisa del diablo y El hombre del velador), dos volúmenes con sus ensayos sobre cine (La vida imaginaria y Me enamoré de Kim Novak), un sinfín (y pueden contarse por centenares) de artículos, reseñas y colaboraciones periodísticas; y, por otra parte, una serie de traducciones esmeradísimas y brillantes de Kipling, Conrad y Henry James. Yo, que quiero seguir siendo su amiga después de esta presentación, me lo he leído todo.

No sé, por tanto, a qué llama José Manuel Benítez Ariza “escribir poco”. Tampoco tengo muy claro qué considera “escribir bien” porque nuestras discusiones sobre literatura son tan bizantinas y tediosas para quienes las sufren que no nos llevan a ningún juicio sereno, y más bien acaban abocándonos, tras varias horas de enredar, al arrepentimiento de discutir sobre lo que más bien nos une. Sí tengo muy claro, sin embargo que este invitado de hoy a Pliegos de agramante es un grandísimo escritor, y tengo clarísimo que es uno de los mejores poetas en castellano de la segunda mitad del siglo XX, si me apuran a que ponga etiquetas de historiografía literaria.

Podría demostrarlo. Lo voy a intentar, de hecho, en los próximos tres minutos. Y luego me callo.

¿Qué es un poema? Probablemente un trozo nítido, exacto y verdadero de realidad que a la mayoría de los mortales nos está negado contemplar por nuestros propios medios. Quiero decir que casi todos (todos, menos el artista) vivimos fiándonos de las apariencias y atravesamos la vida dando pasos de sonámbulo y guiándonos por lo que nuestro torpe tacto nos dice del grosor de la pared, de la altura del escalón o de la proximidad de la esquina. En un poema, en cualquier poema de José Manuel, en todos lo poemas de Garcilaso, en los sonetos de Lope de Vega, en la Oda I de Fr. Luis de León o en muchos versos de Eliot, por ejemplo, lo verdadero es sustancial; y la esencia de las cosas, y su feliz significado, se muestran como en un cuadro en el que el pintor ha prescindido del paisaje, del personaje, y hasta del color para decirnos cómo es verdaderamente una tarde de septiembre.

La cárcel del verso, el soneto, cuando cae en manos de un poeta, revela admirablemente esta cuestión. Yo quiero leer un soneto de Benítez Ariza que da el nombre exacto de las cosas. Se llama IGLÚ.

Del exterior hostil, del invierno que excita
el hambre de las fieras, de la nieve
que confunde la ruta del cazador tardío,
de la noche polar, de las ventiscas

depende la existencia de la casa de hielo,
extraña construcción que nos protege
del frío, de la nieve, de las fieras, del bárbaro
cazador sin fortuna y de la noche.

Para los que habitamos estos climas difíciles
se construyó. Tan sólo en este mundo
puede darnos cobijo y ser su nombre,

la palabra esquimal que lo designa,
intraducible en todos los idiomas,
la idea más exacta de la felicidad.

¿Lo ven? Es lo que quería explicar. Y voy, con esto, a subrayar otra contradicción. Dice José Manuel en algún sitio que sus poemas “cuentan cosas”. No estoy de acuerdo. Creo que sus poemas dicen cosas, entendido el “decir” en el sentido más certero del bendito verbo. O mejor: sus poemas, revelan cosas. Re-velar, esto es, descubrir o manifestar lo ignorado o secreto. Y sucede que, para que esto ocurra, este hombre tiene que contemplar sus propias referencias con mirada cinematográfica, como contempla Drácula, King-Kong o La diligencia, de los que concluye en ensayos verdaderamente reveladores para los que vimos y nunca vimos la película, y en apreciaciones que son versos, versos extremadamente simples y perfectos como éstos:

“El tiempo tiende a igualarlo todo, pero no de una manera inocente”
“Al terror le sienta bien el cine mudo”
“Salimos del cine con la secreta esperanza de no encontrárnoslo por la calle”
“Un tren, ya se sabe, se convierte en un mundo aparte en cuanto se pone en marcha”
“Que una película para niños cumpla sesenta años da que pensar”

De lo cual deduzco yo –y casi con toda seguridad disintiendo de José Manuel- que esta lucidez de sus poemas se genera en la confusión, de ahí su ir y venir entre fantasía y realidad, entre cine y salas de cine, entre las letras y la literatura... Y su tozudez en contradecirse, para poder darle la razón a todas las miradas que lleva dentro.

Contradiciendo ciertos principios de nuestra amorosa enemistad, debo concluir en que es para mí un auténtico honor (y una muestra de confianza que no merezco) presentar en Pliegos de agramante a José Manuel Benítez Ariza. Que a continuación –no lo duden- pasará a llevarme la contraria.

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