abril 21, 2006

Manuel J. Ruiz Torres: la foto, la luna, el cuento y el libro


Presentación del libro de relatos de Manuel J. Ruiz Torres, Foto en la luna (Algaida, 2003)
Chiclana, Fundación Quiñones, 17 de marzo de 2004

Quisiera que esta presentación de Foto en la luna tuviera el sentido político que cualquier acto público desarrollado en estos días debiera tener. Sé que su autor, Manuel Ruiz Torres, no desdeñará este propósito y, aunque no conoce de antemano mi presentación, sí conoce que conozco perfectamente su literatura, y por lo menos sospecha que no voy a dejar pasar la oportunidad de exponerles cuánto de compromiso hay en la misma.

Hace menos de una semana murieron doscientas personas en Madrid. Inmediatamente antes, y a lo largo de un año, ni se sabe cuántos inocentes más han ido muriendo en Irak. Éstos y aquéllos se han hermanado en la muerte, bajo una misma injusticia y una misma mentira, y son los mismos difuntos que todos, de la misma manera, debemos llorar. Si el escritor no se hace eco de lo que está pasando, el arte no tendría sentido. Así pensaría Fernando Quiñones –pensé el lunes por la mañana, cuando lo recordaba, como cada día, al pasar por la Alameda, y le dedicaba el pensamiento alegre de la derrota electoral de la derecha-. Así me parece que se piensa en estos relatos de Foto en la luna, en los que el dolor personal se hace uno con el dolor de los otros, y el presente particular se explica con particulares y colectivos pasados históricos.

Manuel Ruiz Torres –para quien no tenga antecedentes- llega a Foto en la luna de una manera muy lógica y natural, como Blas de Otero llegó un día a la poesía del compromiso (el hombre que bajó a la calle y rompió todos sus versos) y como Cervantes, también, se lió la manta a la cabeza, depuso sus particularidades neuróticas y acometió la empresa de contar la contrautopía de su época: la dificultad para ser libre. Llega –como digo- este escritor tras un recorrido que parte de poemas intimistas, poemas sin paisaje (sólo el tú y el yo amoroso, y sobre todo el yo), y recorre una transición en Atributos masculinos, su anterior libro de relatos, en el que el yo es, antes que una verdad, una impostura gramatical para entender a los otros.

La siguiente parada, Foto en la luna, deviene así necesaria. En el otoño de 1999 el escritor visita una exposición de fotos lunares en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Aquellas fotos inmensas, en la tiniebla grandilocuente de las luces violetas, dan expresión a la búsqueda intuitiva de un nuevo lenguaje, el de estos relatos. Hay una foto especial, una foto de una foto, una foto del suelo lunar sobre el que reposa una foto de una familia americana –la del astronauta que hace la foto- que, al ser contemplada, comienza a convertirse en la clave del discurso del libro aún no escrito. El discurso de Foto en la luna se va haciendo así en la recurrencia de esa imagen; no sólo la imagen de la exposición, sino la de la escena completa: un yo (el del escritor) que contempla –y comprende- a otro yo (el del fotógrafo astronauta) que contempla y trata de comprender el sentido del todo, del universo, procurando de esa manera comprenderse.

Cada uno de los relatos de este libro repite esa misma imagen. La luna, la inmensidad oscura del cosmos, es, alternativamente, la época de la revolución de Trostky, o el desierto africano atravesado por inmigrantes, o el hospital atiborrado de vidas heridas, o la casa grande en perpetuo luto, o el Océano Atlántico. La foto fotografiada sobre la luna es la del niño sacando los peces de la pecera para que respiren, la del bedel de la Biblioteca gaditana, la del hombre encaramándose a la patera, la de la cincuentona enamorada, la de Zita, la de Héctor y la de Natalia. Quien hace la foto es el hombre que escribe y que, al hacerlo, se disuelve en las vidas y en los momentos de los otros, compadeciéndose y comprometiéndose.

Foto en la luna, por tanto, es literatura comprometida. Entendamos que el compromiso literario no es panfleto denotativo, sino discurso solidario que se rasga las vestiduras por la libertad de los demás y por la propia. Y entendamos que el deber social y personal del escritor es organizar el pensamiento de los desorganizados (de los que no somos escritores) y hacer que, al menos en el arte, todo tenga sentido.

Esta facultad de organizarnos el pensamiento a los lectores está en ciertos escritores cuyo sentido del relato breve trasciende en mucho el concepto de pieza suelta en la que ocasionalmente volcar un argumento, una anécdota o un sentimiento. Y que también operan con una vinculación muy íntima entre el referente de la realidad del que parten y el propio texto. A mi entender, el inicio probablemente esté en la narrativa de Boccaccio, en el Decameron, en el que el autor enmarca sus relatos en la interlocución de un grupo de cortesanos retirados en una quinta desde la que huyen de la miseria física y moral que asola Florencia. Sigue con Cervantes, con sus Novelas Ejemplares, enmarcadas en el diálogo sabio de dos perros, Cipión y Berganza, y se reitera en algunos autores del Siglo de Oro, cuya confusión de fronteras entre realidad y fantasía, entre géneros narrativos, poéticos y ensayísticos, los llevó a la feliz invención de la novela.

Recuerdo que, cuando presenté El coro a dos voces, la obra de Fernando Quiñones me sugirió la misma relación. Y creo que Foto en la luna sigue el mismo camino, quizás por la influencia (reconocida por Ruiz Torres) de los caminos trazados por Quiñones en su narrativa.

Creo, pues, que la organización de estos relatos de Foto en la luna, su disposición voluntaria, pide una lectura global, que aproveche la interlocución entre los distintos textos. Y pide dejar para el final el último relato, Río Negro, el que une las dos orillas, el lado de acá y el lado de allá, y el que condensa cuánto de vida ajena y de vida propia, de presente y de pasado hay en el libro.

Me alegro mucho de presentar Foto en la luna este 17 de marzo. Y agradezco sinceramente al autor que me lo haya permitido. Mi lectura del libro ha organizado decisivamente mi condición de ser social. En otras palabras, me ha ayudado a comprender a los otros, y ahí –nada menos que ahí- se concentra el compromiso literario. Espero que a ustedes les pase lo mismo.

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