abril 10, 2006

¿Qué hay bajo los adoquines?


La primavera en Burdeos despunta decidida entre los raíles de un moderno tranvía recién estrenado del que presume, vanidosa siempre, la ciudad. La mañana se desenvuelve casi alegre por Ste. Catherine (la antigua vía romana que produce el espejismo de que Burdeos desemboca en España, y que vive de espaldas a París), y alrededor del monumento a los Girondinos, coronado éste por una alegoría de la libertad que rompe las columnas de la opresión, y flanqueado por dos fuentes de bronce: una dedicada a la República y la otra a la Concordia. Con tales credenciales, a Burdeos –vinatera, señorial, algo clasista- se le hace a veces cuesta arriba respirar a pleno pulmón los aires revolucionarios que emanan de la capital francesa y, sin perder la compostura, hace lo que puede.
Porque el gran problema de Burdeos es la humedad. Contra ella pelea el viento del sur pero, no siendo éste suficiente, los ciudadanos se han puesto manos a la obra y –aprovechando las obras del tranvía- han comenzado a rellenar el subsuelo con una gruesa capa de algo impermeable que definitivamente, dicen, acabará con la porosidad, esa misma que en Las Landas hace blanda y fértil la tierra y delicioso el vino. Bajo los adoquines de Burdeos, pues, se extiende poco a poco un manto de olvido e indolencia que menosprecia el pasado romano y medieval, que frena la generosidad acuática de la desembocadura del Garona, que ha borrado ya los trazos del Palacio donde viviera Leonor de Aquitania y que reserva, en exclusiva, para los museos la Francia que fue.
El campus universitario, construido peligrosamente también sobre los húmedos suelos de una parte de Las Landas, empieza a tener zonas impermeables. Los estudiantes, en una buena parte, no acuden a clase por temor a las represalias de sus compañeros, los más próximos (o “los mejor situados”) a la plataforma anti-CPE, los que tienen el poder de convocar, junto a los líderes sindicales, asambleas casi diarias en las que se decide si se cierran o se abren las aulas, si se mantiene o no el servicio de biblioteca o el de restaurante, si se celebran o no los exámenes previstos. En las horas que no hay asambleas o concentraciones, grupitos de alumnos leen o estudian desperdigados por el césped, y los más osados se parapetan tras una pila de libros en la sala de lectura durante horas, por si el examen cae de improviso mañana o pasado.
Bastantes profesores se sienten, más que nada, rehenes de unos dirigentes sindicales y estudiantiles que vigilan que no permanezcan más de unos minutos en sus despachos, a los que pueden acceder sólo vigilados y siempre que mantengan la puerta abierta.
Preguntados unos y otros menos en privado, sin embargo, asienten sobre la necesidad de mantenerse firmes contra la famosa ley de Villepin, e incluso de secundar sin miramientos una previsible huelga general. Se envanecen, además, cuando una española los contempla con arrobo sesentayochista y les explica la percepción romántica de sus revoluciones desde el otro lado de los Pirineos. Sonríen, en fin, y tras tomar una copa, de nuevo en privado, hacen la reflexión menos romántica del mundo, la reflexión política, la que los inviste de ese halo de ser la más añeja democracia. Reflexionan sobre lo que hay bajo los adoquines. Y plantean, por ejemplo, que Sarkozy, con la vista puesta en las elecciones de 2007, juega hábil el papel de rebelde, y que a De Villepin le ha tocado el de madrastra intransigente de un nuevo líder que, visto lo visto, va a salir triunfante al más mínimo reajuste que “consiga” hacerle al contrato del primer empleo. Sonríen y dicen que esto no tiene remedio.


Publicado en La Voz de Cádiz, el 24 de marzo de 2006

1 Comments:

Anonymous Manuel Arcila said...

Mas pronto que tarde empiezo a leer tu blog. Y empiezo buscando debajo de los adoquines de los que no siempre existe la arena de la playa pero siempre podemos encontrar algún mineral que ha eludido la criba de la hormigonera.

13/5/06 10:34 p. m.  

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