abril 14, 2006

Rosa Regás o la búsqueda de la propia melodía


VIVA -AL MENOS HOY, 14 DE ABRIL- LA REPÚBLICA

Para las personas que no nos fiamos de la Biblia, hay textos fundamentales, libros a los que acudimos en momentos de duda, palabras para calmar la desazón, palabras balsámicas, como las que la gente de fe encuentra en los santos evangelios. Para mí, uno de estos libros es Sangre de mi sangre, escrito por Rosa Regás en 1998 y cuyo subtítulo (La aventura de los hijos) no llega a explicar ni en una mínima parte el alcance vital y la reflexión profundamente humanista que hay en sus páginas. En Sangre de mi sangre ya se encuentra uno de los pensamientos recurrentes de su autora, una máxima que algo más tarde daría título y voz a La canción de Dorotea, la novela con la que en 2001 Regás ganó el premio Planeta y con él (y según sus propias palabras) ganó tiempo: tiempo, el único bien que asegura desear de verdad. Esa máxima dice que cada cual ha venido al mundo a cantar su propia canción y que buscar su melodía y su letra es el único deber honroso al que podemos dedicar nuestra vida. Dice, ese pensamiento, en una cita de Sandor Marai que abre La canción de Dorotea, que el deseo de ser diferente de lo que eres es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. Que cantar una canción que no es la tuya, por tanto, es, por lo menos, desperdiciar la fortuna de vivir.
Fiel a este principio, parece que Rosa Regás tomó muy tempranamente, en los años oscuros del franquismo, la decisión de hacer lo que le diera la gana. No tenía más remedio. Por riguroso orden cronológico, crió y educó a cinco hijos, se licenció en Filosofía y Letras, trabajó unos años en la editorial Seix Barral, fundó y dirigió sus propias editoriales, La Gaya Ciencia y Ediciones Bausán, creó y dirigió un par de revistas (una de arquitectura), fue traductora free lance en Ginebra, Nueva York, Nairobi, París y otras partes del mundo, procuró cambiar de sitio y de vida cada cierto tiempo, sospechando que la felicidad está más cerca del echar de menos que del estar aquí, y en 1989, como el tiempo se le viniera encima, se sentó a escribir. Escribió quizá la novela que desde pequeña había deseado hacer, la letra de su melodía fue extendiéndose y extendiéndose, y siguió escribiendo novelas, libros de viajes, artículos, cuentos, ensayos... y diciendo su canción en programas de radio y en todos los medios de comunicación que tuvo a su alcance.
Cuando en 1994 Rosa Regás gana el Premio Nadal con su segunda novela, Azul, empieza a conocer la fama. Eso, en su caso, se traduce en que un público mayoritario queda seducido por la idea de que una mujer, frisando ya los sesenta años, se incorpore al panorama de la creación literaria con la ilusión, con la fuerza expresiva y con la imaginación con que lo haría cualquier autor de menos edad en las mismas circunstancias. Tanto o más que por lo que escribe, Regás comienza a interesar desde ese momento por lo que opina, por lo que piensa y por lo que significa. Y, para mucha gente, también por lo que recuerda.
De hecho, su intervención de hoy tiene, en principio, más que ver con la reflexión crítica sobre nuestra actualidad y nuestra historia que con su creación literaria, aunque una y otra cosa, para ella, no dejen, muchas veces, de ser una misma.
Hablo de compromiso. Social, político, moral... Porque si algo significa el verbo y la escritura de Regás es eso. No perdamos de vista, antes que nada, que Rosa Regás es una mujer de izquierdas (dice no saber ya qué hacer para ser más roja), republicana y antifranquista, todo esto sin matices y, sobre todo, con el entusiasmo y la firmeza de convicciones que su educación sentimental (tan dura como, en cierto sentido, privilegiada) le fue brindando.
Esa educación tiene un inicio determinante, el del exilio infantil en Francia, mientras que aquí ganaban terreno el silencio, la devoción y la muerte; prosigue en la Barcelona deshojada de los años cuarenta, de la que le ha quedado en la memoria (y en su penúltima novela, Luna lunera) la tristeza de la siniestra posguerra, las visitas al Tribunal de Menores y la amenaza del pecado. Y culmina (creo) en los años sesenta, formando parte de una Gauche Divine que (cito) “ya pasó a la historia, aunque seguimos pensando lo que pensábamos y creyendo en lo que creíamos”. Si para alguien se impone en este momento ajustar cuentas con un presunto rojerío de salón de la ya famosa Gauche Divine, quiero traer de nuevo a colación palabras de la propia Regás: “Nosotros no éramos de salón. Ninguno de nosotros era de familia poderosa, éramos todos profesionales interesados en lo que se hacía en el extranjero, tan lejano entonces, éramos profundamente antifranquistas, nos gustaba la transgresión del tipo que fuera y nos moríamos por salir del franquismo mojigato, asesino y cerrado, así que estábamos también por la diversión. Como éramos jóvenes y guapos, aguantábamos levantarnos pronto y acostarnos tarde. Así éramos”.
Sea como fuere, la Gauche Divine dejó en las personas que allí estuvieron lo que todo movimiento humanista que se precie deja: un profundo y completo sentido de la amistad. Hay así que entender a Rosa Regás entendiendo lo que fue para todos su amigo Carlos Barral, y atisbando lo que fue para ella, entenderla desde su admiración a Juan Benet; y entender las lecturas compartidas, las ansias compartidas de cambio político y la ilusión compartida por dar a sus vidas un sentido poético y libertario.
Supongo que en esta educación sentimental también está la raíz de la pasión por el viaje. Como en el Renacimiento los hombres empezaron a no entender el mundo si no lo veían con sus propios ojos, así a Regás le llegó una vez la curiosidad viajera y acabó convirtiéndose en culo de mal asiento. Su peregrinatio, como la de los antiguos relatos bizantinos, tiene alma, para entendernos: no es turística. Para Paul Bowles, la diferencia entre un turista y un viajero era crucial: el primero tiene fecha y billete de regreso, el segundo no. Los libros de viajes de Rosa Regás son así: sólo de ida.
Entiendo que, con esto, he cumplido con la tarea de presentarles a la mujer que ahora les va a hablar de romper el techo de cristal. Indudablemente, aquí voz y tema casan por completo. He leído en una entrevista reciente que, en su casa de Madrid, hay un cartel ilustrado con una mujer con camisa remangada, al pie de cuya imagen reza We can do it (podemos hacerlo). Así que estamos dispuestos a oír lo que a usted le dé la gana.


(Presentación de Rosa Régás en Cádiz, el 19 de noviembre 2002)

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